La Asamblea General de las Naciones Unidas decidió en el año 2000 proclamar el 18 de diciembre Día Internacional del Migrante con la finalidad de proteger efectiva y plenamente los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos los migrantes. 

Asistimos a un momento de grandes flujos migratorios alentados por la búsqueda de mejores oportunidades económicas que les permita salir, en muchos casos, de situaciones de pobreza extrema. A estas causas hay que añadir la violencia, los conflictos bélicos, el cambio climático y un largo etcétera. En el año 2015 se alcanzó la cifra de 244 millones de migrantes, que supone un 3,3% de la población mundial, y se prevé que en el año 2016 se superan los 250 millones. En estas cifras se incluyen los 65,3 millones de desplazados y dentro de ésta, a su vez, los 21,3 millones de refugiados. 

Estos flujos migratorios no sólo no van a disminuir sino que irán en un constante aumento, aportando a nuestra sociedad una realidad multiétnica que exigirá de los países de acogida un esfuerzo de adaptación. En el documento final de la cumbre de Naciones Unidas para la aprobación de la Agenda 2015-2030 se hace hincapié en "la positiva contribución de los migrantes al crecimiento inclusivo y al desarrollo sostenible… La migración internacional es una realidad pluridimensional de gran pertinencia para el desarrollo de los países de origen, tránsito y destino, que exigen respuestas coherentes e integrales." 

Ante esta realidad Naciones Unidas, los diferentes Estados y la comunidad internacional en su conjunto deben garantizar la seguridad de los migrantes, con pleno respeto de los derechos humanos, dispensándoles un trato humano, sea cual sea su estatus migratorio, sabiendo que cuando se cumpla el Objetivo 1 de los recogidos en la Agenda 2030 "Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo" se producirá una importante reducción de la migración, con los beneficios que de ello se derivarán para todos.